domingo, 5 de enero de 2014

El carisma de enseñanza en las cartas paulinas.



Son varias las cartas de Pablo donde se habla de un carisma de enseñanza. Es más, al poseedor de este carisma se le llama simplemente didáskalos, utilizando el título antes reservado a Jesús. El sentido de didáskalos, sin embargo, no coincide con el que se aplica a Jesús, pues el correlativo de «maestro» es «discípulo», y nunca, en la comunidad primitiva, los didáskaloi pretendieron hacer escuela ni formar grupos de discípulos. Cada miembro de la comunidad es discípulo de Jesús y solamente de él. Por eso, la traducción más apropiada para didáskalos como carisma no es «maestro», sino «instructor». 

Antes de comentar los textos hay que precisar lo que se entiende por «carisma». El carisma no es un don caído del cielo, independiente de las cualidades de la persona. Siendo fruto del Espíritu (1 Cor 12,7ss), nuevo principio de vida que desarrolla y potencia las capacidades del hombre, el carisma supone el desarrollo de cualidades existentes en el individuo, para que éste las ponga al servicio de la humanidad o de la comunidad cristiana. 

Así, el carisma de apóstol desarrolla la capacidad de convocatoria de un cristiano, haciéndolo idóneo para fundar nuevas comunidades y educadas en la fe. 

El carisma de profeta supone el aumento de la sensibilidad al Espíritu y a la historia y el afinamiento de la intuición, que hacen capaz de percibir el estado de una comunidad en un
momento determinado, su sintonía o falta de sintonía con el Espíritu, su necesidad de liberación, de ánimo, de apertura, de compromiso, las líneas de desarrollo que, conforme al Espíritu y a la disposición y dotes de la comunidad, se deben proponer. Mediante la profecía, el Espíritu, a la luz de la novedad de la historia, relee incesantemente el mensaje de Jesús y va descubriendo sus virtualidades, que responden a las necesidades que van surgiendo (Jn 16,13). Combina así el «entonces» del mensaje con el «ahora» de la historia como lenguaje de Dios, recomponiendo la totalidad de la interpelación divina. 

El carisma del evangelista es el de animador entusiasta, potenciado por el Espíritu, cuya predicación esporádica en las comunidades levanta el espíritu de éstas y las estimula a ser fieles al Señor. 

Como se ha notado, el hecho de llamar didáskaloi a miembros de la comunidad que ejercen una actividad de enseñanza no puede significar que éstos suplanten el papel de Jesús. El magisterio de Jesús se ejerce por medio del Espíritu, principalmente a través de la profecía. De ahí la importancia que Pablo atribuye a este carisma (1 Cor 14,1: «Esmeraos en el amor mutuo; ambicionad también las manifestaciones del Espíritu, sobre todo hablar inspirados / ejercer la profecía»), suponiendo, además, que, en la reunión cristiana, todos son capaces de ella (ibid., 14,24: «Si todos hablan inspirados y entra un no creyente ... »}. 

El papel del didáskalos-instructor se limita, por tanto, a mantener vivo en la comunidad el mensaje de Jesús. La importancia de esta instrucción es decisiva, pues hemos visto antes el peligro de separar Espíritu y mensaje. El profeta inspirado por el Espíritu transmite la enseñanza de Jesús, que aplica su mensaje a las circunstancias del momento; el didáskalos, ayudado por el Espíritu, instruye a la comunidad sobre el mensaje como tal. Son carismas complementarios (cf. Hch 13,1: «Había en Antioquía, en la comunidad allí existente, profetas y maestros» ).

En paralelo con los carismas anteriormente mencionados, también el de instructor supone el desarrollo de capacidades existentes, en particular las de comunicación, formulación y claridad de exposición; pero además, a diferencia de los de «apóstol», «profeta» o «evangelista», el de instructor desarrolla una capacidad laboriosamente adquirida. Con toda evidencia, el «maestro» es un hombre que, con la penetración que le da el Espíritu, estudia, medita y vive el mensaje de Jesús y así profundiza en él, para después exponerlo a la comunidad. 

En los Hechos, de los dos misioneros, Bernabé y Saulo, enviados por el Espíritu (13,2), Bernabé tiene el papel de profeta, Saulo el de maestro (cf. 14,12). Ambos son llamados «apóstoles» (14,4.14), es decir, enviados para fundar nuevas comunidades. 

En la mayor parte de los textos paulinos no se explica el carisma, se constata su existencia (cf. Rom 12,7). En 1 Cor 12,28s Pablo destaca la importancia de tres carismas, los de «apóstol», «profeta» y «maestro», en ese orden; a continuación, ya sin número de orden, menciona otros, al parecer menos importantes para la comunidad. De hecho, los tres primeros la fundan y la mantienen; los que siguen: «luego hay milagros, dones de curar, asistencias, funciones directivas, diferentes lenguas», representan actividades o hechos ocasionales dentro de ella. 

En Ef 4,11, se mencionan cinco carismas, en último lugar el de los «maestros»; pero lo más importante del texto es la descripción que hace de la finalidad de estos carismas: «él dio a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, a otros como pastores y maestros, con el fin de equipar a los consagrados pata la tarea del servicio, para construir el cuerpo del Mesías, hasta que todos sin excepción alcancemos la unidad que es fruto de la fe y del conocimiento  del Hijo de Dios, la edad adulta, el desarrollo que corresponde al complemento del Mesías» (14).

En 1 Tim 2,7 Pablo se describe como «maestro de las naciones»; es la proclamación de la buena noticia entre los paganos lo que se describe aquí como enseñanza (cf 2 Tim 1,11).
Muchas veces, el verbo «enseñar» no se usa en el sentido técnico de carisma: designa simplemente el contenido de la predicación o exhortación dentro de la comunidad (así en 1 Cor 4,17; Col 1,28; 2 Tes 2,15; 1 Tim 4,11; 6,2; 2 Tim 2,2), de la catequesis (Ef 4,21; Col 2,7) o la exhortación mutua dentro de la comunidad (Col 3,16).

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